Yvette se ha echado un novio que la está trayendo por la calle de la amargura (vaya, tengo un déjà vu… ¿no había escrito yo algo parecido antes? Será porque las relaciones de los artistas siempre tienen un puntito conflictivo). Es medio francés por parte de madre y se llama Dennis (Sisebuto lo llama de coña Dionisio). Se conocieron en una exposición de fotografía erótica que realizaba Pepo, un amigo de ella; en concreto, los dos coincidieron mirando una placa de un soberbio culo desnudo, titulada ALMA, que cubría una pared entera.

-Qué expresividad, ¿eh? Parece que fuera a hablar –dijo él divertido, queriendo claramente entablar conversación. -A veces me pregunto cómo estos fotógrafos consideran ‘arte’ semejantes imágenes facilonas. Quiero decir, un culo es un culo, ¿no?

-Y bien, Asmodeo, pequeña larva putrefacta ¿qué diversión me tienes preparada para hoy?
-Una delicatessen, Sire. Seguro que vais a quedar complacido.
-Eso espero. Últimamente te debes creer el Rolandemmerich con tanto terremoto, tanto volcancito y tanto petroleo. Todas esas fanfarrias apocalípticas y tridimensionales están bien durante un tiempo, pero al final me aburre tanta carencia de sutileza, pestes…
-Esta vez os vais a chupar las pezuñas, Su Malignidad. Un clásico. Algo que nunca pasa de moda: un actor.
-Un actor, mmh…

La oscuridad de la caverna se iluminó con una luz mortecina. Una burbuja brillante se materializó entre vaporosas columnas de azufre, y en su interior comenzaron a deslizarse imágenes en movimiento…

Una suave música clásica despertó a Sisebuto Calambres. Se desperezó estirándose un poco en la cama y pronunció en voz alta: ‘hora’. El reloj digital se sobreimprimió en el techo indicando el final de su siesta. Dijo ‘ventana’, y silenciosamente la persiana comenzó a subir, entrando la luz del atardecer a raudales. Se levantó y pisando la mullida moqueta llegó hasta el baño galáctico, que parecía sacado de un episodio de Star Tres. Se duchó y vistió, y abandonó la confortable habitación cerrando la puerta con una lectura de su huella dactilar. En un espacioso ascensor transparente bajó al inmenso hall, grande como un teatro, con una fuente en el centro y coronado por luminosas claraboyas, y salió al exterior del hotel de cinco estrellas donde un chofer le estaba esperando en un Percebes Venz último modelo. Llegaron al teatro en escasos minutos y Sisebuto entró saludando al personal técnico. Llegó a su enorme camerino, en cuya puerta aparecía su nombre impreso en una placa, cogió una manzana del cesto de frutas que diariamente le ponían, y descalzándose se sentó en su mullido sofá. En ese momento le avisaron por el intercom que tenía una visita, y unos minutos después Yvette entraba al interior. Ella estaba pasando unos días de asueto en la ciudad vecina y había aprovechado para ir a ver a Sisebuto en su última función.

Trabajo para que me pagues. Suena a perogrullada pero es verdad. No soy diferente por ser artista. No como ni vivo del aire. Disfruto con mi profesión, pero quiero que me pagues. No me cuentes tus milongas. No me vengas con tu sarta de excusas. Puedo entender retrasos razonables; al fin y al cabo, desde el oficinista al supergerente cobran a final de mes. Pero también ten en cuenta que la relación laboral entre un trabajador convencional y su empresa se extiende en el tiempo, mientras que yo trabajo puntualmente para ti, de pascuas a ramos. Si yo quisiera ser un oficinista, con un confortable y gris trabajo de lunes a viernes de 8:00 a 16:00 y catorce pagas, no estaría sobre estas tablas. De toda la vida los bolos se han pagado al terminar la función; máximo, en los días siguientes a haber actuado (que ya tiene narices la cosa, pero en fin). Si no tienes capacidad económica para hacer una provisión de dinero no te metas en este negocio, ni lo amoldes a tu beneficio y antojo.

Sisebuto Calambres tiene una identidad secreta que ríete tú de Clark Kent, Bruce Wayne, Peter Parker y demás membrillos de los tebeos. Sisebuto, durante el día, curra en alguna oscura empresa ejerciendo cualquier modalidad de trabajo basura (especialmente de comercial o teleoperata, que son los que más abundan). Pero cuando cae la noche y termina su laburo (que dicen los argentinos), se despoja de su corbata, sus ropas formales, su vida anodina… y se convierte en ACTOR. El actor Sisebuto Calambres, capaz de las mayores hazañas… Como por ejemplo, poder compaginar cutrosos trabajos ‘convencionales’ con  platós y escenarios, y no morir en el intento. Ya tiene mérito la cosa…

Porque Sisebuto hace tiempo que se dio cuenta de que las utopías son bonitas sobre el papel, pero en la práctica no dan para manduca. Que lo de que el actor debe pasar hambre porque es intrínseco a su profesión (‘¡esconded los pollos, que vienen los cómicos!’) o porque uno necesita pasar penalidades para luego incorporarlas a sus personajes, tururú y nanay de la China. Él sueña, como todo quisque artista, en llegar a un punto en el que viva tan sólo de sus quehaceres ante la cámara y sobre las tablas; pero hasta entonces, lleva una doble vida para poder llevarse las lentejas al estómago. Que por desgracia la vida está muy cara y, además, el banco no le perdona los recibos de los dos préstamos y la tarjeta de crédito cuando no está en temporada o rodando.

Sisebuto se ha echado una novia que le está trayendo por la calle de la amargura. Es una bailarina andaluza bajita, algo bizca y de enormes melones, de nombre Susi. La conoció en un estreno al que le habían regalado invitaciones, devorando canapés (como él) en el catering y sarao que se organizó después. Después se fueron a pasear por la Gran Vía, y terminaron viendo amanecer desde el templo de Debod, tras pasarse la noche comentando viejas películas de Paul Naschy. Ese día ella durmió en su casa (bueno, dormir, lo que se dice dormir, poco); y el posterior y siguientes en su cama. La cosa iba a mayores, y Sisebuto abandonó el piso que compartía con sus compañeros actores y se mudó al de ella. Hasta ahí, miel sobre hojuelas. El problema es que la chica está en paro, y lo lleva bastante mal.